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Racismo en Nicaragua: Nacionalismo mestizo y racismo solapado


Iniciando el mes de junio, las redes sociales se han saturado con mensajes de condena hacia la discriminación racial. Esto fue causado por los múltiples casos de brutalidad policial que han ocurrido y/o que siguen sufriendo los afroamericanos en los Estados Unidos de Norte América, de los  cuales han resultado muchas víctimas fatales. El actuar policial en EEUU ha provocado rechazo rotundo a nivel internacional y en Nicaragua no ha sido la excepción, la solidaridad de la población en general se ha notado, sin embargo llama mucho la atención los matices con los que muchas personas expresan esos mensajes, tales como:

  1. “Estoy en contra del racismo, pero es que los negros son violentos y los policías deben de defenderse”.

  2. “ Nadie tiene que quitarle la vida a nadie, es cierto que la mayoría de los policías son malos pero no todos”

  3. “No soy racista, pero es que siempre donde hay población negra hay problemas, no les gusta superarse trabajando como los otros”

Tomando como referencia las 3 frases anteriores, esto nos debería de llevar a cuestionarnos;

¿Qué entendemos por racismo? ¿Es Nicaragua una sociedad racista? ¿Qué podemos hacer para mejorar como sociedad?


En Nicaragua comúnmente creemos que no somos racistas, no escuchamos abiertamente a grupos políticos, sociales o religiosos decir que hay supremacía de una “raza” sobre otra, a como si ha ocurrido en EEUU, Europa y África, con organizaciones que han promovido públicamente esas ideas supremacistas. A simple vista, tenemos la ilusión que todo está bien, sin embargo, en nuestro país la discriminación racial se da de manera solapada y diariamente está presente como parte de estereotipos y valoraciones socioculturales en todos los sectores sociales.




Según la Convención Internacional sobre la Eliminación de todas las Formas de Discriminación Racial, en su artículo 1: "La “discriminación racial" denotará toda distinción, exclusión, restricción o preferencia basada en motivos de raza, color, linaje u origen nacional o étnico que tenga por objeto o por resultado anular o menoscabar el reconocimiento, goce o ejercicio, en condiciones de igualdad, de los derechos humanos y libertades fundamentales en las esferas política, económica, social, cultural o en cualquier otra esfera de la vida pública”.


Tomando en cuenta la definición anterior, es fácil identificar que vivimos en una sociedad racista, las valoraciones raciales se dan cotidianamente en todos los estratos de la población nicaragüense, la mayoría de ellas presentes de formas sutiles que a veces no percibimos porque lo hemos “normalizado”. Estas valoraciones raciales están presentes cuando hablamos sobre la belleza, las relaciones interpersonales, la publicidad el mundo laboral, cultural, las instituciones, entre otras. Dentro de los ejemplos más concretos podríamos tener:

Los criterios para solicitar personal en puestos como recepcionista, secretaria, vendedores y otros, es para personas “con buena presentación”, esto focaliza considerablemente esos puestos a hombres y mujeres de tez blanca y lo que llamamos coloquialmente ojos “gatos” se vuelve un plus en estos trabajos. En esos puestos raramente o nunca veremos a indígenas ni a afrodescendientes, menos si sus cabellos tienen dreadlocks (mejor conocido como “rastas”). Si bien es cierto que esto no está escrito formalmente en ninguna norma, es algo aceptado culturalmente porque hemos importados estereotipos de belleza de EEUU y Europa.


En este mismo sentido, podríamos recordar todo el revuelo que provocó que Scarleth Allen ganara el certamen de Miss Nicaragua en el 2010. Muchas personas mestizas no concebían la idea de que una mujer negra representara al país y menos a nivel internacional, porque siempre que pensamos en cómo es un ciudadano nicaragüense la/lo imaginamos mestizo y así queremos que nos sigan viendo; como una Nicaragua mestiza, que come nacatamal en el desayuno y que plantea debates infinitos acerca de que este (nacatamal), se come con pan o con tortilla, pero que ni en la remota idea, un nicaragüense puede desayunar pescado frito, tortilla de harina o un buen vaso de wabul hecho de fruta de pan.


Incluso en un reportaje de un canal nacional de televisión que se hizo sobre “celebridades Costeñas”, mencionan textualmente: “Scarleth Allen, quien fue la primer caribeña en convertirse en la mujer más bella del país a sus 18 años de edad, es de descendencia africana pero se ha criado en Nicaragua desde pequeña”. Aunque esta redacción parezca un mal chiste donde se ignora claramente que es de Bluefields y que tiene un enfoque Managua-céntrico, el análisis debe de hacerse con base en ese sentimiento generalizado, en el que se obvia totalmente que en nuestro país haya ciudadanos negros e indígenas.

Siempre que se habla de negros nicaragüenses, se tiene que justificar que son descendientes de africanos, aunque estas aclaraciones no sean con fines académicos, etnográficos, históricos, demográficos o de la teoría de la Eva Mitocondrial que plantea que todas las personas tenemos un origen común africano. Indígenas y negros se siguen percibiendo como un segmento poblacional que es ajeno a Nicaragua, en cambio si esos personajes son mestizos o “blancos” no se les vive recordando su descendencia Europea y mucho menos si son de las familias más pudientes del país que han conservado sus privilegios heredados desde la colonia Española.


Incluso en el contexto político  ¿Se le ha pasado a alguien por la cabeza en algún momento que pueda haber un/una presidente negro o indígena en el país? ¿Cuántos años pasarán para que eso ocurra en Nicaragua? Definitivamente, no podría decir cuántos años tendremos que esperar para ver realizado eso, sin embargo, puedo decir que nunca pasará si siguen viendo a nivel nacional a los indígenas y afrodescendientes como buenos en deportes pero malos estrategas políticos, y mientras sigan pensando que esta vida política (de indígenas y afrodescendientes) está limitada al contexto regional. No es casualidad que se nos haga más cómodo pensar que esta figura de poder tiene que ser blanca y de las familias tradicionales.


Léase también: La eterna resistencia del Pueblo Miskitu

Si crees que los ejemplos anteriores son exagerados, revisemos las expresiones cotidianas: “todo negro para haragán”, “indio pata rajada”, “es negra pero es bonita”, “yo conozco a negros inteligentes”, “las negras son calientes”, “si vas a una comunidad indígena no les aceptés nada de alimentos, ahí rápido te pintan (brujería)”, “si los indígenas y los negros son boludos, “¿para qué quieren tanta tierra? esa tierra hay que dársela a gente que sí desarrolle el país”, “ojala te agarre un negro”, “no soy racista pero me dan miedo los miskitus”, “Los costeños mueven la jugada (droga)”. Después de leer estas frases ¿Aún creemos que no somos una sociedad racista?


Cuando se piensa en cómo se manifiesta el racismo y como lo concebimos socialmente, siempre imaginamos la violencia física que se ejerce sobre poblaciones que no son blancas, y dejamos a un lado todas las manifestaciones personales que realizamos en el día a día en nuestro entoúrno, y tampoco tomamos en cuenta la violencia estructural.


En una entrevista para la revista Niú, en el 2017, Juliet Hooker originaria de Bluefields y profesora de ciencias políticas en la Universidad de Brown, menciona que en Nicaragua “el racismo estructural se da de acuerdo a las regiones e imaginarios, por ejemplo, que en el Pacífico no hay gente de descendencia africana, y que todos los negros y todos los indígenas están en el Caribe. Por otro lado, hay un patrón en que los recursos del Estado y el Estado en sí se centran en el Pacífico y no en la Costa”.


Es por esta razón que la población de la región central y el pacífico se concibe como monoétnicos (todos mestizos) , y aunque haya personas con tez morena y rasgos fenotípicos indígenas y negros, éstos no se consideran como tal, algunos incluso creen que son “blancos”, porque entre más alejados estemos del color negro, tenemos la “oportunidad “de tomar un mejor lugar en la sociedad, lejos de la marginación del Estado    

Como ejemplo de territorios en los márgenes del estado; se encuentra la costa caribe que representa para el país aproximadamente el 50 % del territorio nacional, el 35 % del hato ganadero, 23 % del total del área agrícola, más del 80 % del área forestal, 70 % de la producción pesquera, 60 % de los recursos mineros y más de 450 Km de costas en una de las zonas turísticas más reconocidas del mundo. Sería un error seguir pensando en la casualidad el abandono histórico por parte del Estado.


Mientras no cambiemos los factores estructurales que propician estas desigualdades, seguiremos siendo una sociedad racista y clasista que se percibe ilusamente como monoétnica y que excluye todo lo que esté alejado de este imaginario. Sin embargo en la coyuntura sociopolítica actual, estamos frente a una ventana de oportunidades para posicionar una Nicaragua multiétnica e intercultural, incluso se podría empezar a hablar de un Estado Plurinacional. Para lograrlo, debemos de tener mayor representación de estos grupos poblacionales tradicionalmente excluidos, en las estructuras que debaten y diseñan esa “Nueva Nicaragua” en la que queremos vivir, de lo contrario las y los costeños seguirán siendo parte del territorio nacional pero no del imaginario nacional nicaragüense.


Pablo Guillen Zeledón, Sociólogo y activista de derechos humanos y autonómicos de Costa Caribe. Diplomado en Formación Académica para el Liderazgo Político por la FLACSO Costa Rica. Consultor en temas de participación ciudadana e incidencia política. Trabajó anteriormente en el programa de Juventudes Caribeñas del Observatorio de Derechos Humanos y Autonómicos de la Bluefields Indian and Caribbean University.

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