El fenómeno Azul y Blanco y su efecto en la identidad nacional

La construcción del nicaragüense, el mito del nacionalismo


En definitiva, no puede existir ciudadano sin nación. Por eso, hacer una mirada crítica sobre cómo se ha construido nuestra nación, y que elementos han forjado la llamada “identidad nacional”, nos puede brindar pistas importantes para entender la construcción de su ciudadanía. 


Nicaragua, como el resto de Centroamérica, pasó por un proceso de independencia muy administrativo. No partió de una gran guerra de independencia, de hecho, las divisiones territoriales de los países centroamericanos son una extensión de la división política colonial. Fue una división provincial, por lo que Nicaragua construiría su Estado con los mismos súbditos que tenía cuando era provincia de Guatemala. 


Las ideas de pueblo o nación no estarían aún construidas en el imaginario de la época. El concepto de comunidad política sería heredado por la colonia, por lo que estaría representado por múltiples comunidades heterogéneas, en donde los cabildos serían la única forma de identidad legítima. (Tijerino, 2002). Esto supuso un grave problema de legitimidad para el gobierno central, y para todo proyecto de desarrollo nacional. Por lo que era necesario crear un mito fundacional, del que pudieran extraer la identidad nacional, con la que definirían a la ciudadanía. 


Este mito es construido en la historiografía de Nicaragua, con el nacimiento de una conciencia nacionalista en este país, generalmente como respuesta a amenazas externas de distintas potencias, que buscan tomar provecho de las riquezas del país, es decir, el nacionalismo nicaragüense se ha constituido contra una amenaza externa.  Dicha producción de esta esencia nacional, en defensa contra invasores, es reproducida a lo largo de nuestra historia.


La construcción de esta identidad nacional comenzó con la usurpación británica del puerto de San Juan del Norte en 1840 (Burns, 1991) que sería la terminal canalera del atlántico. Está invasión marcó una dicotomía entre el Pacífico mestizo y el Caribe de influencia británica. 

Con esta misma fuerza simbólica, se suma a la construcción del ideario nacional la Batalla de San Jacinto que representó la verdadera guerra de “independencia”, haciendo de Nicaragua una nación digna de la emancipación colonial. Esta batalla incorporó a la historia nacional a figuras como José Dolores Estrada y Andrés Castro, este ultimo de gran relevancia por representar al nicaragüense común, que hinchado de patriotismo logra derrotar al invasor en desigualdad de condiciones. 


La batalla de San Jacinto se representaba como una gloriosa batalla, en donde un puñado de hombres valientes, lograban derrotar al invasor norteamericano. Esta representación tenía como propósito crear memoria histórica nacional, generando repudio hacia las guerras civiles del pasado, y convocando a la ciudadanía a pensar en un futuro colectivo. (Tijerino, 2002). Aunque también generaría un elemento más, en el anti-filibusterismo, que permanecería presente en esta construcción de nación durante la historia.


Desde entonces, las invasiones norteamericanas en suelo nicaragüense tendrían un efecto importante en la transformación de nuestra identidad nacional.  La visión del norteamericano como un invasor, que ponía en riesgo la soberanía nacional estaba muy presente en Sandino, cuyos aportes a la construcción de la identidad nacional son notablemente importantes. El nacionalismo de Sandino está marcado por dos ideas claves, que permiten crear un mito alrededor de su gesta, y que a su vez cambiaron la concepción del nicaragüense, en la propia construcción nacional: el antimperialismo y la idea de la raza. El primero se fundamenta en la lucha contra la evidente invasión de los marines norteamericanos en suelo nicaragüense; mientras que la idea de la “raza” para Sandino no es un elemento de la genética, sino una relación cultural. Por ello la lucha antimperialista de Sandino fue desde un nacionalismo criollo.  Lo que le permitía conectar, la lucha contra el imperio norteamericano con la lucha por justicia social de los campesinos oprimidos. (López Baltodano, 2017). Como consecuencia, el campesinado y los sectores rurales marginados empezarían a ser tomados en cuenta dentro de esta construcción nacionalista del nicaragüense. 


Del mito a la construcción del ciudadano


Sin embargo, este proceso de construcción de la identidad nacional es de carácter complejo, por un lado se encuentra esta unidad nacional frente a las amenazas externas, que supone un antagonismo contra los elementos invasores, y por otro, surge la contradicción de las elites nicaragüenses que ven en el invasor y las culturas extranjeras los símbolos del progreso y el bienestar. 


La idea de la Guerra Nacional Anti filibustera no se convirtió en una afirmación positiva sobre la imagen del nicaragüense como conjunto social, al contrario, las élites criollas nicaragüenses empezarían a tener dudas sobre su capacidad de construir gobiernos estables y achacarían la culpa de esto a la herencia española y los elementos raciales y culturales de sus ancestros. Por lo que construirían en la imagen de la ciudadanía norteamericana un símil de progreso, y afirmarían que para que Nicaragua pudiese alcanzar un nivel de progreso equiparable, debería de pasar por un proceso de metamorfosis en el cual sus ciudadanos modifiquen completamente su cultura, carácter y costumbres y se asimilaran a las norteamericanas. 


Esto se traduciría en un proceso de homogenización cultural desde el Estado, que reconocería que para lograr esto, el control sobre cómo acceder a la ciudadanía sería crucial. Por ello se estipulaba que, para ser ciudadano, debía ser padre de familia, mayor de 21 años, con un grado científico y poseer propiedades de 100 pesos. (Cruz, 2003). Esta descripción del ciudadano nicaragüense dejaba por fuera a una parte importante no mestiza de la población, a los grupos marginados y por supuesto a las mujeres.

 

Esta herencia continuará durante los regímenes conservadores y sobre esta, la dictadura de Zelaya sentaría las bases para construir su discurso de Estado-Nación, que si bien presentó una ruptura con el discurso político anterior— puesto que enarbolaba las ideas liberales de una ciudadanía basada en derechos iguales para todos—, fue fundado sobre el “Mito de la Nicaragua mestiza” que describía a Nicaragua como un país étnicamente homogéneo. (Piel & Taracena, 2015).


Zelaya se preocupó por mostrar una Nicaragua de exuberantes paisajes, tierras fértiles y un sinnúmero de riquezas naturales como parte de su lógica del progreso, y la explotación de recursos a manos de los inversionistas y productores europeos. En este afán de describir una Nicaragua llena de abundancia, el discurso nacional de Zelaya llegó al extremo de desaparecer los cuerpos indígenas de su narrativa, para agregarlos después solamente como mano de obra barata, exaltando la riqueza de la miseria. (Monte, 2015).


Así las cosas, la identidad nacional, ha sido una noción construida por las elites económicas y políticas que han tenido el poder. Lo que hoy se entiende por “patriota” “nacionalista” no siempre ha significado lo mismo, y es por ello que Abril del 2018 resulta un punto de inflexión en el que el concepto de “ciudadano” o “identidad nacional” se pone en cuestión, está vez por una amplia masa crítica. 


Las primeras pinceladas Azul y Blanco 


Abril del año 2018 marcó, un parteaguas en el panorama social y político del país. La juventud, estudiantes, campesinos y diversos sectores de la sociedad civil, crearon las condiciones para una posible salida de la dictadura Ortega-Murillo. 


Si bien la lucha contra el régimen de Ortega y Murillo sigue en pie, los primeros cambios en la ciudadanía dieron sus primeros pasos. Esto se evidencia en las multitudinarias marchas que conglomeraban a una diversidad de grupos juntos por una misma causa, grupos que quizá antes no se hubieran unido. Pero esto cambiaria durante las protestas de abril. 


Como ya se mostró anteriormente, es solo mediante la demonización o el antagonismo hacia un determinado sector de la población, que una sociedad encuentra una verdadera cohesión, o como lo plantea Freud, según Laclau: El rasgo común que hace posible la mutua identificación entre los miembros es la hostilidad hacia algo o alguien. (Laclau, 2005). En este caso, ese algo era la dictadura Ortega-Murillo. 


Esto supone la posibilidad de una relación intersectorial que no había tenido precedentes. Si bien todas y todos compartían consignas en común en contra de la dictadura, cada sector social llevaba también sus demandas históricas a la lucha, logrando que estas impregnaran de distintos matices el “¡Que se vayan!”. Esta frase que les unía como un solo colectivo, de pronto tenía muchas aristas. 


A diferencia de otros momentos históricos— a como se desarrolló anteriormente— El discurso y la lucha por los derechos humanos logró calar en la población, de pronto estas no eran luchas aisladas sino un clamor generalizado. Y los derechos humanos se volvieron un elemento cohesionador importante en la sublevación de abril, una lucha a la que todas y todos se sumarían. 


Pero también otros sectores históricamente excluidos han alzado la voz y tratan de resignificar lo que hoy entendemos por identidad nacional. Como los pueblos indígenas y afrodescendientes que llevan años en resistencia están intentando reconfigurar el etnocentrismo que constituye la identidad nacional nicaragüense por una identidad más plurietnica y multirracial que respete la diversidad que existe en el país. Del mismo modo las feministas también ponen en crisis la identidad nacional patriarcal del nicaragüense y apuestan una identidad sin violencia machista. 


Debemos entonces creer en una construcción de la identidad nacional que nos permita identificarnos a todas y a todos, el fenómeno azul y blanco nos ha permitido vernos y reconocernos como nicaragüenses, construyamos entonces a partir de ese elemento positivo que no deje a nadie por fuera. Si la nación puede construirse desde el Estado, pero también en contra, actuemos entonces como ese elemento que empuja a más sectores dentro de nuestra identidad nacional, y empecemos a crear patria para todas y todos.

Atahualpa Quintero Morán, nicaragüense. Diseñador gráfico, director de arte de “Hora Cero”. Activista de la Articulación de Movimientos Sociales (AMS) en Nicaragua. 



Bibliografía 

Burns, E. B. (1991). Patriarch and Folk: The Emergence of Nicaragua, 1798-1858. Harvard University Press.


Cruz, A. (2003). La República conservadora de Nicaragua. 1858—1893 (Primera). Recuperado de https://www.enriquebolanos.org/libro/La-Rep%C3%BAblica-conservadora-de-Nicaragua-1858---1893


Laclau, E. (2005). La razón populista. Fondo de Cultura Económica.


López Baltodano, U. (2017). Anti-imperialist Nationalism: Sandino and Mao, so distant and so (deceivingly?) close.


Monte, A. (2015, noviembre 26). #69 -Sensualidad de la miseria/riqueza de la nación: Nicaragua en la Guía Ilustrada de 1898. Recuperado 2 de julio de 2019, de Carátula website: http://www.caratula.net/69-sensualidad-de-la-miseriariqueza-de-la-nacion-nicaragua-en-la-guia-ilustrada-de-1898/


Piel, J., & Taracena, A. (Eds.). (2015). Identidades nacionales y Estado moderno en Centroamérica. Recuperado de http://books.openedition.org/cemca/3203


Tijerino, F. K. (2002, enero 1). Identidad nacional e intervención extranjera. Nicaragua, 1840-1930. Revista de Historia, 45, 163.


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