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El duelo como antídoto contra el autoritarismo


La muerte ha dominado los principales medios de comunicación en Nicaragua, a partir de la crisis que inició en abril del año pasado. Las organizaciones de derechos humanos han contabilizado el total de las muertes, inclusive contra la negativa del gobierno a suministrar la información. Además, los rostros y nombres de las personas fallecidas —junto a sus historias de vida— son compartidos constantemente en las redes sociales, aunque en el espacio público han sido borrados o arrancados. Ese ha sido el caso de las cruces plantadas en la rotonda Jean Paul Genie que fueron arrancadas el primero de mayo y el primero de septiembre, por simpatizantes del Frente Sandinistas de Liberación Nacional (FSLN). Estos simpatizantes fueron desplegados por el régimen, liderado por Daniel Ortega y Rosario Murillo, para ocupar los principales espacios públicos de Managua, la capital del país. Al arrancar las cruces y negar la muerte de estas personas, el régimen envió un mensaje claro: no todos tenemos derecho al duelo. ¿Cuál es el fin de esta estrategia por negar el reconocimiento de los muertos a causa de la represión? ¿Por qué es importante para el régimen Ortega-Murillo evitar el despliegue público del duelo por estas personas muertas? En este breve artículo quiero subrayar la importancia del duelo en el terreno político, no solo como un elemento esencial de la ética y la moral para sanar luego de un trauma, sino como una forma pacífica de expresión política que enfrenta la injusticia y la crueldad desde sus bases más elementales. Para ello me apoyo de las filósofas Judith Butler y Hannah Arendt en aras de subrayar la importancia del duelo y la protesta pacífica para encontrar una solución a la actual crisis. Además, esto lo escribo en respuesta a la ausencia del derecho al duelo en la actual ‘mesa de diálogo’ que se lleva acabo desde el miércoles 27 de febrero del presente año 2019. Si dicho ‘diálogo’ es una aspiración a la ‘justicia transicional’—como afirma el programa Hora Cero— entre la crisis y un regreso a la vida democrática, reconocer las muertes, y el duelo por las mismas, es una parte fundamental para alcanzar la misma justicia.


Aunque la cifra de víctimas de la represión todavía no es definitiva, la mayoría de organizaciones e instituciones concuerdan en que el número sobrepasa las 400 personas muertas. Si bien un informe del gobierno redujo el número a 195—y redujo especialmente el número de estudiantes—, las distintas manifestaciones de la sociedad civil han puesto más en duda las cifras del gobierno que aquellas expuestas por las organizaciones de derechos humanos. Entonces, el régimen se empecinó en tergiversar los hechos, arrancar las cruces de la rotonda e inclusive vigilar funerales. Es importante tomar en cuenta este interés del régimen por dominar la muerte y, sobre todo, el despliegue público del duelo. Judith Butler diría que arrancar las cruces y negar la existencia de las víctimas es un ejemplo que cristaliza la violencia del régimen en su última expresión, ya que demuestra la imposibilidad, por parte del régimen, de considerar las vidas que habitan el país como iguales. Hay vidas que merecen ser lloradas y otras que no. Como afirma Èmile C. Preciado, en un artículo sobre la crisis, “hay vidas que no valen”. El punto fundamental para Butler es que las vidas cuyas muertes no merecen siquiera duelo son las más precarias y vulnerables ante la violencia. Butler afirma que “el duelo público es un tema político de gran importancia ya que el duelo abierto está ligado a la indignación, y la indignación ante la injusticia o incluso la pérdida insoportable tiene un enorme potencial político".


En los primeros meses de la crisis, el número creciente de víctimas tendió a atizar las protestas contra el régimen. Así, las consignas cambiaron rápidamente. De protestar contra las reformas al seguro social, la sociedad civil viró a exigir la renuncia de la pareja presidencial, clamando por un cambio de gobierno. En el primer intento de diálogo, la pareja presidencial de Ortega y Murillo intentó rechazar la cifra de los estudiantes muertos. Inmediatamente, la estudiante Madeleine Caracas leyó la lista con los nombres de los estudiantes fallecidos frente a la mirada casi serena de la pareja presidencial. Minutos más tarde, Lester Alemán afirmó que los estudiantes estaban ahí para negociar la salida de Ortega y Murillo, porque ellos (los estudiantes) ‘habían puesto los muertos’. El diálogo no prosiguió y, meses después, el régimen desató la “operación limpieza”, atacando la Universidad Nacional Autónoma en Managua, y la ciudad de Masaya, entre otras partes del país. Esta operación aumentó considerablemente el número de víctimas y probó que los meses de junio y julio del 2018 fueron los meses más sangrientos que ha vivido el pueblo nicaragüense en su historia reciente. Sin embargo, el régimen inmediatamente declaró que “todo estaba normal” en el país. Mientras el presidente Daniel Ortega posaba en fotos junto a los paramilitares encapuchados que llevaron acabo las operaciones más violentas, su esposa —y vicepresidenta— anunciaba múltiples veces que la paz, el amor y la normalidad volvían a reestablecer la armonía para las familias nicaragüenses.


Más allá de señalar los huecos y las malversaciones de los hechos que han utilizado el régimen, me gustaría subrayar el aspecto político de estas estrategias mencionadas: negar la muerte, ocultar el duelo y apelar a una normalidad en nombre del amor—en tiempos cuando corre la sangre. Butler nos ayuda a leer el aspecto más escalofriante de esta estrategia. Una vida a la cual no se le puede rendir luto, afirma la autora, “es una que no se puede llorar porque nunca ha vivido, es decir, nunca ha contado como una vida en absoluto". Es decir, no todos y todas las nicaragüenses viven en estos momentos en el país. Las personas vivas son aquellas todavía leales al régimen, mientras que el resto —particularmente estudiantes, campesinos y periodistas independientes— no poseen siquiera su propia existencia. Volviendo a Butler, “es en tales jerarquías que la forma letal de desigualdad social se observa de manera más explícita”. De esta manera el régimen Ortega-Murillo ha roto el tejido social nicaragüense hasta su forma más esencial, imposibilitando cualquier lazo de interdependencia entre la ciudadanía. En otras palabras, las madres que perdieron a sus hijos en las protestas no son iguales a las madres fieles al régimen; los padres de los estudiantes asesinados no son iguales a los padres que todavía apoyan a Daniel Ortega y así sucesivamente. Al elegir quién vive y quien muere bajo estas condiciones, Ortega y Murillo rompen los lazos más elementales de la vida comunitaria, dividiendo y polarizando peligrosamente a la ciudadanía.


Por tanto, la desigualdad a la que nos referimos aquí no es solo de clase. El aspecto que ha definido el “nosotros” y “ellos” en la visión del régimen es la lealtad a la pareja presidencial que, a su vez, posee el monopolio sobre la identidad del “sandinismo” hoy en día. Este es un “sandinismo” concentrado únicamente en la autoridad suprema de la pareja presidencia que ha sido singularizado por la oposición como “orteguismo” o “danielismo” —especialmente por la oposición de izquierda. En este sentido, la línea tajante entre el “nosotros” y “ellos” delineada por el régimen posiciona al “sandinismo” (“orteguismo” o “danielismo”) no solo como una opción partidaria en las urnas para expresar la identidad política de sus afiliados, sino que escoger o no al “sandinismo” como opción política pasa a ser una decisión de vida o muerte.    


La división de la ciudadanía bajo estos términos concluye que aquellas personas que han participado en las protestas, o que expresan su inconformidad con el régimen, viven en una situación absolutamente precaria. Butler afirma que las personas privadas del duelo viven en una condición mayor de vulnerabilidad y de precariedad, ya que son despojadas del ciclo mismo de la vida y del principal proceso social que la comunidad utiliza para sanar y sobrellevar la tragedia de la muerte. Esto lo podemos ver con mayor significación en la rotonda Jean Paul Genie. Recordemos que dicho lugar lleva el nombre de un joven asesinado en octubre de 1990, por escoltas del aquél entonces general del Ejército Popular Sandinista, Humberto Ortega—hermano de Daniel Ortega. A pesar que el caso quedó en la impunidad, la rotonda bautizada con su nombre supuso un reconocimiento al padre y la madre de Genie a recordar y rendir luto a su hijo. De cierto modo, el nombre de Genie en el espacio publicó supuso un tipo de justicia que raya en lo poético. El nombramiento de esta rotonda es un símbolo porque reconoce la vida de Genie y, aunque no esclarece el crimen que terminó con su vida, manifiesta públicamente su muerte.


En oposición al caso de Genie, el mensaje más aterrador que comunica la toma de la rotonda para arrancar las cruces es que no podemos habitar el mismo país y no podemos habitar, inclusive, un espacio mínimo de la capital cuyo nombre recuerda, al mismo tiempo, las muertes del pasado. Al arrancar las cruces, las personas que se identifican como “sandinistas” (“orteguistas” o “danielistas”) leales al régimen nos muestran que están solos y nosotros estamos solos, lo cual prepara el terreno para el enfrentamiento, porque nos ha dividido en “nosotros” contra “ellos”. Las personas que murieron durante los momentos más álgidos de las protestas contra el régimen no gozan siquiera de esta justicia poética o simbólica. Estas muertes han sido despojadas de vida, de justicia y, por último, de poesía. Esta condición, señala Arendt, es el principio y fin de todo régimen autoritario.


Arendt estaba más preocupada por la conexión entre la normalización—o banalización— de actividades violentas —o maldad— y el auge de los regímenes autoritarios en Europa. La filósofa identificó como “la raíz de la tiranía al acto de hacer que otros seres humanos sean irrelevantes”. Para ello, Arendt entiende la división de “nosotros” contra “ellos” como un acto de aislacionismo que rompe los lazos íntimos de nuestra vida social. Los tiranos, argumenta la filósofa, “utilizan el aislacionismo como un arma de opresión”, ya que niegan la esencia misma de los seres humanos en sus ansias por satisfacer todos los aspectos de su vida, como el reconocimiento, la justicia, la unidad, la belleza y, cabe destacar, el amor. Butler, añadiría entonces que el autoritarismo nos aísla de la vida misma. Aquí surgen un par de preguntas que debemos plantear ante el contexto actual: ¿Cómo podemos pensar una justicia transicional cuando la vida misma y el lazo social es negado? Más aún, si el aislacionismo y la negación de la vida son la raíz misma del autoritarismo y la tiranía, ¿cómo va a apelar el diálogo a una justicia transicional hacia la democracia?


Arendt concluye que el “terror solo puede gobernar sobre personas que están aisladas las unas de las otras”, como los simpatizantes del “sandinismo” (“orteguismo” o “danielismo”) que no pueden compartir la rotonda Jean Paul Genie, como la pareja presidencial que huye del diálogo al ser confrontada con los nombres de las personas fallecidas, producto de sus propias órdenes. Mientras la ciudadanía continúe con su clamor de justicia por las muertes, y mientras luchen por mantener la presencia de las personas fallecidas en el espacio público, están luchando contra el terror del autoritarismo manifestado por el régimen en su raíz más profunda. El duelo es un acto político que nos invita a reestablecer y enmendar los canales que el régimen ha roto. Comenzar la negociación para la salida de la crisis reconociendo la humanidad común que compartimos es el primer paso hacia un reconocimiento del problema principal que nos llevó a esta misma crisis: el autoritarismo.


Finalmente, mantengamos presente el hecho que actos como sembrar cruces y leer los nombres de las personas fallecidas son formas pacíficas de protesta que nos invitan a mantener vigentes nuestros principios éticos y morales más esenciales: el aprecio por la vida y la convivencia social. La paz de estos actos apela a un reconocimiento mínimo de la violencia que sufrimos todos y todas por igual. En acuerdo con el programa Hora Cero, es preciso cuestionar si la justicia transicional, expuesta en la ‘mesa de diálogo’ presente, no está reproduciendo las formas de exclusión y de violencia que dividen a la población, como hemos descrito anteriormente, al no establecer como condición mínima el reconocimiento de las muertes, el derecho de la población a llorar las vidas perdidas y asegurar un debido proceso de investigación para esclarecer cómo funcionó esa maquinaria de muerte que desató el régimen a partir de la crisis de abril.


Antonio Monte Casablanca Doctorando en Estudios Latinoamericanos


Referencias


Arendt, H. (2004). Los orígenes del totalitarismo. Madrid: Taurus.

Butler, J. (2006). Vida precaria: el poder del duelo y la violencia. (F. Rodríguez, Trad.) (1. ed). Buenos Aires: Paidós.

Butler, J. (2010). Marcos de guerra: las vidas lloradas. (B. Moreno Carrillo, Trad.). Barcelona, España: Paidós.

Preciado, È. C. (2018, julio). Vidas que no valen: aproximación necropolítica a las prácticas discursivas estatales. Realitas, (1). Recuperado de https://www.revistarealitas.org/2019/01/vidas-que-no-valen-aproximacion-necropolitica-practicas-discursivas-estatales.html

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