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Bordar lo desbordado. Apuntes sobre exiliados centroamericanos en México (1930-1950)


Punto de partida

Fátima me pidió un texto sobre el exilio. Muchos me piden textos sobre mi tesis y yo respondo con escritos sobre los procesos que me han hecho sobrevivirla, el trabajo académico desborda la vida. Y cuando me ahoga y me compromete demasiado con la vida de los otros, yo bordo.  Bordo nombres, corazones, mapas, rayos de luz y rutas que solo los exiliados y yo conocemos. El camino del bordado, como la vida, es insospechado. 


Después de cinco años de leer las fichas de asilados políticos centroamericanos en México en el Archivo General de la Nación y en el Archivo Histórico Genaro Estrada de la Secretaría de Relaciones Exteriores, tengo el corazón hecho un alfiletero, cruzado por agujas finas y punzantes. Desde hace tiempo que decidí darle una textura académica a la memoria de quienes imaginaron y murieron por una Centroamérica unida, una historia que, al estilo de W. Benjamin, es a contrapelo. Mientras exploro el mapa oficial de Centroamérica que conocí en la escuela, peino cada estado nacional con las historias de estos hombres y mujeres borrados de historias oficiales, y encuentro que yo, como ellos, estoy en el revés de un relato. 


Entre 1931 y 1945, cientos de centroamericanos buscaron el asilo político en México. Para ello recurrieron a las embajadas, consulados y legaciones, y cuando los funcionarios  no supieron responder a su desesperación, tomaron caminos clandestinos, cruzaron puntos ciegos, abordaron barcos, dieron media vuelta continental y llegaron, finalmente, a México. La política exterior de entonces, suscrita a los convenios de asilo político de las Conferencias Internacionales Americanas de La Habana (1928) y de Montevideo (1933), suponía al suelo mexicano como espacio de refugio. México era el puente para la salvación de los perseguidos en las Américas. Como han escrito Sebastián Rivera Mir y Ricardo Melgar Bao, los disidentes políticos del sur, los militantes de izquierda perseguidos, encontraron en México un espacio que les permitió conservar la vida al tiempo que conservar o transformar sus proyectos políticos. Conseguir el exilio era una forma de mantener la disidencia viva y presentaba la esperanza de un regreso triunfal, a veces revolucionario, a las tierras natales. Eso pensaron, escribieron, debatieron y hasta renegaron los centroamericanos que se opusieron a los gobiernos de Tiburcio Carías Andino en Honduras; Jorge Ubico en Guatemala; Maximiliano Hernández Martínez en El Salvador y Anastasio Somoza García, en Nicaragua. Todos generales. Años antes, la breve dictadura de los Tinoco, durante la Primera Guerra Mundial, trajo a México a varios jóvenes costarricenses que huyeron de los militares, capaces de hablar de modernidad política en recepciones con las élites pero incapaces de despojarse del autoritarismo decimonónico en la calle. Porque nadie se va a dormir autoritario y despierta democrático (risas).


En este periodo, alrededor de 15 organizaciones centroamericanas funcionaron en Ciudad de México y Chiapas, la mayoría dirigida por hombres que eran parte de las élites intelectuales, de ellas he escrito en mis capítulos 2 y 3; las mujeres, como he escrito en mi capítulo 4, se quedaron en Centroamérica sosteniendo la oposición de sus maridos salvaguardados en México, y rodeadas de policías y censores en sus casas de toda su vida. Sobre esas relaciones de frontera, asilo, género, violencia y resistencia he estado escribiendo los últimos cinco años de mi vida. Y, por hoy, no voy a escribir más.


Punto de cruz: Las encrucijadas de la aproximación historiográfica y la biografía


Empecé a estudiar a los exiliados porque me sentía sola. Era una centroamericana harto privilegiada en México: estudiaba un doctorado, vivía con mi novio y todos los días me acompañaban dos gatos preciosos, pero había tenido un accidente del que sobreviví de milagro y mi cuerpo estaba lleno de marcas, punteros de dolor que no cerraban. Sentía que me faltaba algo. Estaba fuera de lugar, como decía Edward Said, entre la memoria, el dolor, la enfermedad y el espacio.


Una tarde, en el andén del metro, mientras leía Los bienaventurados de María Zambrano mi dolor se develó ante mí como una posibilidad de pensamiento, como un camino de investigación: “El exilio es el lugar privilegiado para que la Patria se descubra, para que ella misma se descubra cuando ya el exiliado ha dejado de buscarla”. A lo mejor lo que me faltaba era la patria, pero no la de las banderas y los monumentos de la que había renegado por años  Empecé a buscar a otras mujeres solas en esta ciudad. Encontré a la poeta salvadoreña Lilian Serpas, yo sabía que ella había enloquecido en México y muerto en San Salvador; aparecía en Los detectives salvajes y Amuleto, novelas de Bolaño, como amiga de Auxilio Lacouture (Alcira Scaffo). Pero no pude más que escribir poemas y un cuento. Pensar en mí y en mi dolor me estaba ahogando. Así que decidí hablar con mis privilegios, de cómo seguir leyendo poemas y cuentos era práctica de niña burguesa y egoísta y tenía que buscar los palimpsestos de esta ciudad que es muy dura, esa otra ciudad donde no había gatos preciosos, ni novio intelectual borracho ni beca de CONACYT. El privilegio se tenía que activar. Para activarlo, volví a mis espacios privilegiados: las bibliotecas, los archivos, las suscripciones a revistas indexadas. Pero me fui a contrapelo, armada de la contradicción. Encontré fichas migratorias, cientos, y leí sus márgenes, como me enseñaron Saurabh Dube y Ranajit Guha.  En las fotos de esas mujeres y esos hombres, en sus ojos tremendamente tristes, en sus señas particulares (cicatrices, secuelas de la poliomielitis), en sus vigilancias y en el riesgo de ser devueltos a los países donde nacieron pero donde podían ser asesinados y encarcelados, encontré la Centroamérica mía. La patria a la que yo he pertenecido siempre. Así como siempre peleé con la nación liberal con sus escenografías kitsch de héroes, batallas, laureles y guerras cimentadas en la violencia, así como renegué de la imposición de la religión y la tradición sobre mi cuerpo y mi pensamiento, muchos hombres y mujeres antes de mí, regenaron a la finca repartida entre hijos legítimos (porque para los ilegítimos ya no alcanza) y pensaron que Centroamérica debía llegar a ser un lugar digno para la vida. 


Empecé a chapodar montes para encontrar los caminos que me dejaron, para escribir la historia de Centroamérica para Centroamérica, de sí para sí, rebelde, antiimperialista, con una genealogía de oposición a las potencias, con tantas ganas de que la tierra fuera para todos y no solo para los presidentes y sus hijos convertidos en empresarios. La biblioteca, el archivo, la hemeroteca, los chismes (algunos dirán tradición oral) y hasta la prensa del corazón me dieron la textura que quería dar a los sentimientos. Y así llegué al exilio, el único lugar donde creo que es posible pensar proyectos nacionales, el espacio donde se puede revertir la violencia hegemónica del Estado y su expulsión de la comunidad política, como plantea Luis Roniger. 


La mujer que lloraba a veces en el metro y leía a María Zambrano seguía siendo yo pero al fin no estaba hablando de mí. 


Punto y final: lo que se desborda

El año pasado, de regreso a la casa de mi madre en El Salvador, pensé que ya no tenía razones para bordar, estaba agobiada con las tesis. De pronto, en una agenda vieja que iba a tirar a la basura, apareció el mapa. De niña, dibujaba mapas, el capítulo final de mi tesis, todas las Centroaméricas posibles al inicio de la Guerra fría, es un mapa imaginario porque, pese a los sueños de infancia, no logré ser cartógrafa. Así que, desbordaba de fuentes y deadlines, decidí bordar ese mapa de Centroamérica que se apareció como una revelación. 


A medida que trazaba las puntadas, la aguja me llevó, insospechadamente, por los caminos de mis exiliados. Era como si mi mamo supiera lo que he pensando los últimos cinco años y aún no termino de escribir. Mostré el mapa a mi mamá y me preguntó qué significaban esas líneas (mis amigos son artistas visuales y mi mamá siempre piensa que todo lo que hago puede ser arte contemporáneo, y le da risa y miedo), notó que había bordado demasiado en Cozumel. “Ahí llegaron varios exiliados hondureños en los 30 -le dije-. Juan José Laboriel vivió primero en Cozumel y Ricardo Alduvin salió de las Islas de la Bahía en Honduras en 1937, toda esta zona era frontera marítima, más fácil de cruzar que la territorial”, le dije. Cuando volví al bordado para explicar más, noté que mi aguja había situado un corazón de exvoto en el triángulo norte: Guatemala, El Salvador y Honduras e irradiaba hacia el puerto mexicano de Campeche. En 1930 y 1940, ese triunvirato no tenía ese apelativo, ese nombre de nota roja. Pero en la década de 1980, miles de indígenas guatemaltecos fueron desplazados forzosamente por la violencia del Ejército nacional y cientos de asilados por el gobierno de México fueron asentados en Campeche... El bordado sabe lo que el corazón guarda. 


Por lo general, deshago el bordado como una forma de no ahogarme, porque la puntada también es frontera. El pespunte traza líneas delgadas como las delimitaciones de los mapas políticos. Yo arranco los hilos y me hiero, porque la fineza de la fibra tiene también, en la delicadeza, peligro. Pero a este bordado no lo voy a destruir. Porque durante dos siglos nos han destruido a Centroamérica. No es tarde aún para remendar, para imaginar y para zurcir. Y si para hacerlo tenemos que volver a la frontera, tenemos que desplazarnos y buscar un lugar sensato, lo haremos. Y volveremos.  


Elena Salamanca es historiadora y escritora. Nació en San Salvador en 1982. Se dedica a investigar la historia política e intelectual del unionismo centroamericano en relación con el exilio en México en la década de 1940. Ha publicado los libros «La familia o el olvido» (2017) «Peces en la boca» (2013 y 2011), «Landsmoder» (2012) y «Último viernes» (2008). Actualmente estudia el doctorado en Historia en el Colegio de México.

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