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Pigmentocracia en la política nicaragüense

Fernanda Zeledón

10 Mar 2021 

En Nicaragua, vestigios del período colonial se manifiestan por medio de la estructuración pigmentocrática[1] de nuestro orden sociopolítico. Afianzada durante el siglo XIX y primera mitad del XX, con relatos hispanistas/mestizos de nación y de ciudadanía -los cuales funcionaron como vehículos y adhesivos sociales en el emergente territorio ‘nacional’- la constitución de ‘lo nicaragüense’ formó una jerarquía poblacional/étnica, fundamentada en la apariencia de la dermis y de rasgos fisionómicos. En esta estructura social verticalizada, blancos y mestizos se posicionan en la cúspide. Mientras que los ciudadanos originarios de pueblos indígenas y afrodescendientes permanecen en los últimos escaños. 

 

A diferencia de países como Guatemala donde los mecanismos de exclusión se dieron de forma explícitamente violenta, en el nuestro la normalización de esta desigualdad no se dio en procesos de exterminación masiva.  La estrategia fue más bien discursiva. Es decir, una especie de invisibilización/aniquilación simbólica materializada en narraciones nacionales ancladas en un supuesto mestizaje sociocultural. Como explica el investigador Jeffrey Gould en su trabajo El mito de la Nicaragua mestiza y la resistencia indígena 1880-1980 (1995), la creencia de una homogeneidad étnica ha invisibilizado el rol histórico de los indígenas (en este caso del Centro  y Pacífico ) en Nicaragua. Pero pensemos en la participación activa de los pueblos de la región Caribe  como el miskito, en la preservación de ecosistemas ¿Acaso  el cuidado de la vida no es una labor política? 

 

La sistemática exclusión de los pueblos indígenas y afrodescendientes en los espacios de la política institucional, evidencian que la colonialidad del poder sigue operando silenciosamente. Por otro lado, ¿cuál es el ‘tipo ideal’ de líder/actor político nicaragüense? Analicemos  por un momento los puntos de convergencia entre los mandatarios nicaragüenses de los últimos cuarenta y dos años ¿Qué características tienen en común Daniel Ortega, Violeta Barrios de Chamorro, Arnoldo Alemán y Enrique Bolaños? Todos son mestizos, católicos y con excepción de Ortega -cuya familia es originaria de Chontales- son provenientes de la región Pacífico . Resulta muy irónico que en un país como el nuestro con políticas multiculturales prescritas en la constitución, el escenario de la política institucional siga siendo protagonizado por actores -ciudadanos- mestizos,   provenientes -en su mayoría- del Pacífico . 

 

Dentro de las artimañas de una muy ambigua democracia representativa, pareciera ser que el liderazgo está concentrado en un ‘tipo ideal’ de ciudadano nicaragüense con características específicas. En contraste con esto, nuestra carta magna reconoce la existencia y brinda derecho de participación a ciudadanos de diversas regiones, grupos sociales, culturas y etnias ¿Cuáles han sido las condiciones de posibilidad desde las cuales las pugnas por la hegemonía del Estado, han sido capitalizadas por grupos fenotípicos del pacífico?

 

Un repaso por la historia política nicaragüense nos evidencia que el poder político de nuestro país, se ha concentrado en grupos élite asentados en tres ciudades: Granada, León y Managua. El dilema ideológico durante el siglo XIX entre timbucos (conservadores granadinos) y calandracas (liberales leoneses) marcó un precedente de polarización partidaria que desembocó en severos conflictos armados. El Partido Conservador granadino fue el primero en surgir dentro del país luego de la independencia. Se convirtió en partido de gobierno en el año 1854 con Fruto Chamorro como primer mandatario a cargo, temporalidad precedente a lo que se conoce como ‘los treinta años conservadores’. 

 

Posteriormente, los años represivos de la dinastía somocista lograron articular vertientes opositoras, quienes no tuvieron más remedio que  dialogar entre sí. Y eventualmente articularse en un solo bloque adversario de la dictadura, la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional. En esta instancia convergieron quienes otrora fueron enemigos políticos declarados, la urgencia de la coyuntura les forzó a hacer de lado diferencias ideológicas y una tradición de violenta rivalidad, para trabajar en el derrocamiento de Somoza Debayle. Una década más tarde, buena parte de los sectores, movimientos y partidos organizados en la Junta de Gobierno se reunirían otra vez para configurar un bloque de oposición en las elecciones de 1990.

 

Varios miembros de este bloque opositor habían tenido una participación relevante en la política institucional de la segunda mitad del siglo XX. Las transiciones políticas más relevantes de nuestro pasado reciente han estado coordinadas bajo estrategias de articulación sectorial bastante similares entre sí ¿Qué tan oportuno sería llamarlos pactos de élites? En esencia, el elenco de actores políticos dentro de los procesos de negociación y ejercicios de democracia participativa no ha variado. Grupos de Granada, León y Managua al frente de las contiendas políticas, militantes históricos del conservadurismo timbuco, militantes históricos del liberalismo calandraca, hijos y nietos de grandes funcionarios públicos. Bajo revestimientos retóricos y máscaras discursivas sutilmente diferenciadas de las narrativas ideológicas del pasado. El territorio de la ‘democracia representativa’  ha estado centrado en la misma disputa histórica. Un período revolucionario administrado por una extremadamente jerárquica Dirección Nacional no amplió ni diversificó las dinámicas y pugnas por el poder político. Tal parece ser que en Nicaragua el pasado escrito por los timbucos y calandracas, es un pasado que no pasa. 

 

En la actual contienda preelectoral que nos mantiene a la expectativa ¿Cuáles son las características de nuestro histórico elenco electoral? Ultra  conservadores católicos nostálgicos del período colonial, socialcristianos  trasnochados con discursos ambivalentes, (neo) liberales simpatizantes del desarrollismo agrícola-ganadero que a diario destruye vidas de ‘nadies’ indígenas o afrodescendientes, aquellos que no cumplen con los requisitos fisionómicos o culturales para alcanzar legitimidad de liderazgo/participación política,  aliados del gran capital. Es decir, amigos de infancia de los homo economicus: hombres blancos/mestizos de apellidos históricos provenientes del pacífico y sus secuaces. 

La endogamia dinástica y pigmentocrática rige las dinámicas de la clase política nicaragüense. Prueba de esto es el reciente artículo de Pedro Joaquín Chamorro publicado por La prensa,  un nostálgico texto titulado Un apellido honorable donde relata grandes hazañas de la familia Chamorro en la historia política del país. El argumento subyacente en toda su narrativa es que la legitimidad del liderazgo político, está mediada por la carga simbólica contenida en una historia familiar, para este personaje el prestigio y la posición social de los Chamorro no son valores añadidos que deban cuestionarse o criticarse[2]. Porque la trayectoria de su “se defiende por sí sola”. 

 

El  pasado diecisiete de enero circuló la noticia sobre las precandidaturas  a la presidencia de Nicaragua, por parte de la Coalición Nacional. Sonaron los nombres de actores tradicionales ya por todos esperados: Juan Sebastian Chamorro, Félix Maradiaga, e incluso una inesperada ¿O súbita? Cristiana Chamorro. Pero entre este grupo de viejos nombres y personajes acaparadores de todos los espacios de participación, un nombre diferente sonó. El líder del partido caribeño Yatama, George Patrick Henríquez anunciaba su postulación para ser precandidato de la Coalición Nacional. Las opiniones viciadas por los caducos relatos de ‘nación’, emitidas por los ‘mestizos’ nicaragüenses llenaron las redes sociales con imágenes ridiculizadas, estereotipos y prejuicios contra un actor fuera de la norma establecida: negro, joven y apropiado de su discurso político regional: “nieto de Bob Marley, “miembro de Dimensión Costeña”, “Tego calderón” entre otras tipificaciones vacías que dirigían su esfuerzo de cuestionamiento a la apariencia de Henríquez y no a su propuesta de precandidatura . 

 

Otras opiniones más reflexivas hicieron hincapié en el desarrollismo agrícola presente en el discurso de este precandidato. Sin embargo, muy pocos fueron los comentarios que realmente debatieron las ideas del líder caribeño. Además de que nuestro nivel de debate público no trasciende el insulto por apariencia física y los prejuicios chauvinistas; se evidencia que para una buena parte de la ciudadanía, sobre todo la del pacífico. La idea de representante político sigue anclada al imaginario de nación donde un mestizo es la única forma de ser ‘nicaragüense’, sobre todo si se trata del juego inmerso en el terreno de la política institucional. 

 

Al parecer, el lugar que ocupan los indígenas y afrodescendientes  dentro de esta perspectiva, se reduce a imágenes cristalizadas a través de folklorizaciones grotescas. Y spots publicitarios que venden el mito de la tierra paradisíaca al mejor postor extranjero ¿Qué ha pasado con aquella vieja consigna de ‘Nicaragua multiculturalista’? En  un país fragmentado por la violencia política de un Estado- Nación que sigue reproduciendo  el trillado discurso del mestizaje sociocultural ¿Qué significa ser ciudadano nicaragüense? ¿Quién decide si un actor político es legítimo/ilegítimo? ¿Hasta cuándo seremos capaces de cuestionar el pacificocentrismo en las propuestas de administración pública y proyectos de gobernabilidad? ¿Romperemos el eterno retorno de la pigmentocracia en la participación política? ¿Lograremos  desarticular la jerarquía racial/étnica que somete a una gran parte de nuestra población?

 
 
 

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