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Escrito por

Fernanda Zeledón (Managua, 1994). Filósofa e Historiadora. Estudia la maestría en Historiografía de la Universidad Autónoma Metropolitana en México. Sus campos de investigación son historiografía cultural, literatura y filosofía del arte. 

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Nunca más un país sin nosotras: reflexiones sobre justicia transicional 

Fernanda Zeledón

30 Nov 2020

Mientras pensaba en el problema central de este artículo: ¿Por qué es necesaria la justicia transicional desde una perspectiva feminista? Se hicieron muy presentes las problematizaciones antes compartidas por las compañeras Olga Valle y Emilia Yang, para este segmento editorial. El reconocimiento de la disputa por el espacio público y la ciudad como ‘territorio’ en la batalla de las memorias, como bien señala Olga, nos pone de frente la construcción colectiva de los múltiples discursos, relatos, narrativas de un país en ‘crisis’ como lo es Nicaragua; desde los acontecimientos de abril 2018. Estos relatos, proyectados en las calles, muros, andenes de las ciudades y pueblos nicaragüenses hacen contrapreso al discurso oficialista sobre la ‘normalidad’ y evidencian la perspectiva de una ciudadanía disidente crítica. El  aporte del museo AMA y No Olvida en el registro de las invaluables memorias de madres y familiares de víctimas, conforma un relato tejido a través de los difíciles procesos de duelo que emprenden estxs ‘nuevxs’ sujetxs políticxs que evidencian como afirma Emilia: “La memoria ha sido y será un camino colectivo para la resistencia, la sanación y el cuido de la vida”. 

 

La reconstrucción de esta diversidad de discursos, representaciones y múltiples memorias sobre los dolorosos eventos acontecidos desde la insurrección de abril, se entrelazan en el anhelo de un futuro, construido por mujeres que ven en la resignificación del pasado una oportunidad para el cambio. Al respecto, surgen muchas interrogantes: ¿Cómo podemos abordar la justicia transicional  desde un presente aún atosigado por la violencia, un pasado reciente marcado por el homicidio, el feminicidio, la tortura, la violación? ¿Cómo  suturar este pasado desde el presente, para construir un horizonte desde nuestras demandas, anhelos, deseos, utopías? ¿Qué podemos hacer para evitar que las agendas de las mujeres no sean un relleno, nota al pie de página o anexo dentro de los proyectos de reestructuración institucional? ¿Qué  tan escuchadas somos las mujeres en las dinámicas organizacionales de los espacios disidentes frente a la dictadura?¿Son  valorados nuestros aportes, ideas, perspectivas sobre el cambio que se está dando en los procesos sociopolíticos de Nicaragua?

 

En el terreno de lo político, la participación de las mujeres organizadas y feministas se ha dado desde la sociedad civil. Desde antes que estallaran las protestas contra la dictadura, las mujeres estuvimos ahí, poniendo dedo en llaga sobre las desigualdades, discriminaciones y violencias interseccionales. Estas experiencias, contenidas en nuestros cuerpos y reapropiadas en derroteros de sanación, han forjado miradas específicas y heterogéneas sobre las dimensiones del sistema de poder que rige Nicaragua. Nosotras fuimos de los primeros sectores en señalar y denunciar la criminalidad de la administración sandinista y su respuesta generalizada hacia los horrores cometidos en contra de nosotras : la impunidad. Nosotras observamos lo «latente» en las dinámicas estructurales, económicas, jurídicas, sociales, de la política institucional y su derramamiento en lo extrainstitucional. La guerra desatada en contra de nosotras empezó desde hace años, mucho antes del levantamiento cívico azul y blanco. Por tanto, nos ha sido fácil identificar que el subsuelo del régimen orteguista es el patriarcado. 

 

Esta alianza entre autoritarismo político y patriarcado quedó sellada con el abuso sexual que por años ejerció Daniel Ortega sobre el cuerpo de su hijastra Zoilamérica Narváez, quien hasta el día de hoy sigue exigiendo justicia. La consecuencia sistémica de las agresiones sexuales cometidas por Ortega, logró atravesar los muros de la casa: este aborrecible acto de un líder de partido y funcionario político, a una niña de 12 años, se convirtió en un hecho fundacional para la violencia machista nicaragüense. El silencio, la borradura y el olvido -optados no sólo por los compañeros de partido, sino también por el resto de políticos, trabajadores de gobierno, de la corte suprema de justicia, entre otros sectores- consolidaron la normalización de la pedofilia y la violencia sexual en el imaginario social del país. La identificación y análisis de este punto ciego, se debe también a una condición de género marcada por esta consecuencia. 

 

Del mismo modo que el caso de Zoilamérica, la reparación a las víctimas de feminicidio y sobrevivientes de violencias es un asunto pendiente. Si en realidad la apuesta de la transición sociopolítica que se avecina, es el cambio basado en la justicia y la no repetición; las agendas feministas deben ser puestas en primer plano. Las mujeres tenemos que ser parte activa en el levantamiento de la institucionalidad y responsables en los procesos de toma de decisiones. Nuestras perspectivas, conocimientos, bagajes y experiencias son fundamentales en la recomposición estructural de Nicaragua. Mientras los sectores organizados contra la dictadura del FSLN, no integren los aportes de las mujeres en un tratamiento equitativo e interseccional, que introduzca actoras clave para iniciar un proceso de justicia transicional (no sólo paridad); el anhelo de un ‘nuevo horizonte’ quedará ahí, colgado, como muchas banderas de las luchas sociales, que yacen en el basurero de nuestra historia política reciente. Los lugares de las madres, sobrevivientes, defensoras de derechos humanos, periodistas, psicólogas, investigadoras, educadoras, estudiantes, activistas entre otras sujetas esenciales en este arduo camino de transformación; es una realidad incuestionable.

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La historiografía centroamericana de posguerra evidencia que hemos sido las mujeres quienes reconstruimos nuestras comunidades luego de los conflictos armados de finales del siglo XX. En situaciones de crisis, nuestros conocimientos sobre los cuidados (además de otros diversos y heterogéneos saberes) juegan un rol medular en la contención de la vida. Estos conocimientos específicos son los que nos guiarán hacia la transformación anhelada de nuestra sociedad. He ahí la vitalidad de las miradas de las mujeres sobre la realidad social, política y cultural de Nicaragua.

 

En contraste con esto, las narrativas oficiales sobre los movimientos armados en nuestra región suelen decir con vano orgullo, que las mujeres han participado en las células insurgentes, guerrillas, frentes y movimientos contra los regímenes sanguinarios del istmo. El señalamiento es acertado, las mujeres siempre hemos estado ahí, pero la instrumentalización de relatos, imágenes y símbolos de mujeres revolucionarias han dado sentido a los discursos del poder. Irónicamente, la apropiación de la política hegemónica sobre los relatos y aportes de las mujeres ha tenido el claro objetivo de neutralizarnos en el campo de la política. La fórmula es sencilla, cristalizar imágenes de mujeres que luchan para suplir una cuota y exaltar una representación hiperromantizada de feminidad revolucionaria que se establece como modelo a seguir: el de la mártir que sacrificó su vida al servicio de la nación. Me pregunto ¿Realmente  se ha hecho justicia por las mujeres revolucionarias ejecutadas en las dictaduras centroamericanas?

 

Las mujeres estamos inconformes con el pasado que por años nos han querido vender los grandes patriarcas del poder y sus vasallos, líderes de partidos históricos, jefes en las grandes instituciones nacionales. Esta historia oficial-estatal , se construyó sobre ocultamientos, omisiones y silencios; los cuales intentaron eternizar una única manera de ejercicio político. Ante esta imposición, nuestra labor ha sido cepillar a contrapelo los discursos oficialistas, con el fin de revertir la autobiografía inverosímil del Estado-Nación . El registro/conservación de nuestras memorias, ha permitido enfrentar la estrategia de olvido desplegada por el sistema, sobre esto Elizabeth Jelin apunta: 

 

Hay  una  lucha  política  activa  acerca  del  sentido  de  lo  ocurrido,  pero  también acerca del sentido de la memoria misma. El espacio de la memoria es entonces un espacio  de  lucha  política,  y  no  pocas  veces  esta  lucha  es  concebida  en  términos de lucha “contra el olvido”: recordar para no repetir (Jelin, 2002: 6)

 

La no repetición se traduce acá en dos vías: a) defensa de la verdad y demanda de justicia, b) integración transversal de las mujeres y nuestras perspectivas en los procesos de reinstitucionalización.  Es necesario desmantelar el sistema que por años ha estado enraizado en lo más profundo de nuestra sociedad, volcar la mirada hacia un pasado que no sitúe como génesis de violencia estatal los mecanismos de represión desplegados durante abril, sino que reconozca cómo ha operado desde mucho antes.

 

El experimento de transición implementado por la administración de la UNO (Unión Nacional Opositora)  a través de sus Programas de Ajuste Estructural (PAE), durante inicios de los años noventa en Nicaragua, evidenció que los reajustes no pueden centrarse únicamente en el levantamiento de un modelo económico. La mentalidad neoliberal, basada en la creencia que un país sólo funciona a través de  estrategias de producción y mercado diseñadas en conjunto con el Fondo Monetario Internacional (FMI) o el Banco Mundial (BM), deja de lado cuestiones fundamentales para los cambios sociales, culturales, económicos y  políticos. Además de ser parte activa en los crímenes cometidos contra las mujeres, pueblos indígenas, afrodescendientes y campesinxs, el  neoliberalismo ha sido una plataforma eficaz para la dictadura. 

 

La imposición de los intereses de las élites políticas/económicas sobre las demandas de sectores directamente afectados, -como somos las mujeres- por el actual sistema político, significa la anulación de la posibilidad de cambio. Las luchas que a diario emprendemos las mujeres organizadas por la transformación del trauma, la construcción de espacios seguros, la resignificación del dolor y la justicia; son alternativas radicales a las regresiones distópicas tan añoradas por el gran capital. Por esta razón y las arriba esbozadas, la justicia transicional con enfoque feminista garantiza una construcción sostenible y duradera de paz, basada en la lucha política de la memoria contra el olvido. Considero necesario el reforzamiento de este debate en los espacios de resistencia, movimientos, colectivas, redes sociales, medios de comunicación. Así también el diseño de propuestas, estrategias de operacionalización, mecanismos jurídicos y políticas públicas que puedan encauzar este proyecto. 

 

Finalizo este texto celebrando la vida y los aportes de las mujeres que a lo largo de la historia han luchado, desde sus diversas trincheras, por un mundo diferente, sano y justo.

 

Bibliografía

 

Elizabeth, Jelin (2002).  Los trabajos de la memoria. Siglo XXI Editores/Social Science Research Council: Madrid

 

Pankhurst, D. (2009). Gendered Peace. Taylor & Francis

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