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Estado de excepción y esperanza: el exilio después de la insurrección de abril

Fiore Bran Aragón

2 Oct 2020

A Carlos

Encuentros al lado de La Bestia

Conocí a Alex y a Carlos en noviembre de 2018 cuando se bajaron de La Bestia. Venían con una de las caravanas de migrantes centroamericanos que llegó al albergue donde yo trabajaba, justo tras los rieles, al norte de México. Cuando se enteraron de que había una “nica” en el lugar, me hablaron. Inmediatamente hubo esa sensación de camaradería que se experimentaba meses atrás en las calles de Managua, esa que diluye las diferencias socioeconómicas y otras que, sin embargo, hacen su efecto cuando se solicita asilo. Carlos tenía 30 años, Alex mi edad. Los dos habían estado en las barricadas de Chinandega y huyeron después de la persecución policial, que les costó unos días de tortura, y a Carlos, una parte de su rostro y la vida de su hija.

Los dos me hablaron desesperadamente sobre su intento de cruzar el muro. Según ellos el Ejecutivo no los deportaría porque “sabe lo que pasa en Nicaragua y nos apoya”. Querían solicitar asilo para “ser legales”. A mí esa esperanza me parecía ingenua, y una expresión de sus miedos. Me dijeron que fuera con ellos, yo dije que no, que eventualmente iría. Esperaba una visa, ese privilegio de pocos nicaragüenses basado en una meritocracia, que a veces se refleja también en el acceso a asilo.

“La suerte de los vencidos” y el trabajo de memoria

A Alex le gustaba leer. En la biblioteca del albergue se encontró con un libro, Visión de los vencidos de León-Portilla[1]. Lo leía a ratos. Un día me mostró una imagen titulada “La suerte de los vencidos”, que le hacía pensar en Chinandega, me dijo. Para él la exclusión y la opresión no habían comenzado en abril. En nuestras conversaciones me quedó claro que a los universitarios de Managua nos faltaba salir al mundo de Alex y Carlos. Y que para poder reconstruir la memoria de abril es necesario escuchar a los que estaban en los márgenes, y lo siguen estando, ahora en el exilio.

El trabajo de memoria es necesario para reconstruir una Nicaragua que valide las experiencias de las y los exiliados, decidan retornar o no. Y para el diseño e implementación de políticas de reintegración que no sean una farsa, como el infame Programa de Retorno propuesto por Ortega en 2019[2].  Esas memorias diversas pueden dar cuenta de la solidaridad y la resiliencia más allá de la nación, especialmente en tiempos tan hostiles para los refugiados. Y también sirven para evidenciar el exilio como consecuencia del terrorismo de Estado, y, por tanto, una violación de los derechos humanos, que demanda reparación[3].

 
 
 

La pandemia y el estado de excepción de los refugiados

A ese futuro trabajo de reparación hay que sumar la denuncia de las violaciones actuales, perpetradas por el régimen de Ortega y otros Estados de la región. Como aquellos que, aunque “apoyan” a Nicaragua -como me dijeron Alex y Carlos-  siguen expulsando a los refugiados de forma ilegal.  La pandemia ha servido para legalizar los “muros de contención” en Nicaragua y en todo el mundo. Ortega estableció una política de “muro de contención”, que desde 2015 ha usado para negar el derecho a asilo y tránsito a cientos de refugiados. Desde marzo 2020 lo usa para impedir el reingreso de refugiados nicaragüenses[4]. A todas luces esto viola el derecho internacional, a vista y paciencia de organismos internacionales.

Desafortunadamente no es una práctica exclusiva de Ortega. Las deportaciones y expulsiones de refugiados se han vuelto una práctica generalizada en los últimos meses, lo que ha establecido de facto un estado de excepción que deja en desprotección a los refugiados. A finales de agosto medios de comunicación estadounidenses reportaron la expulsión de Valeska Alemán en un aeropuerto en Texas. Aunque solicitó asilo a los oficiales de ICE, le fue negado deliberadamente. La negativa se basó en la Declaración de Emergencia sanitaria bajo la sección 319 de la Ley de Salud Pública[5], que el gobierno ha usado para decretar Emergencia Nacional, y por consiguiente la suspensión del derecho a asilo. Aunque eso no implica que la expulsión de refugiados sea legal; al contrario, es una violación flagrante a los compromisos de Estados Unidos con la comunidad internacional.

¿Qué hacer ante esta sistemática violación de derechos que afecta a los refugiados? Para mí la única forma es la resistencia civil organizada, la solidaridad cotidiana entre exiliados y la denuncia pública ante los ciudadanos de gobiernos y miembros de instituciones cómplices. En mi experiencia, es esa solidaridad que supera el nacionalismo la que me ha abrigado, y la que permite pensar marcos más amplios para la reconstrucción de Nicaragua: para la justicia transicional que demanda integrar también las voces de los exiliados, especialmente las de los más vulnerados.

 
 

Encuentros desde El Otro lado

Carlos y Alex dejaron el albergue a fines de noviembre de 2018. Me comuniqué con ellos ocasionalmente por los siguientes meses. En diciembre intentaron cruzar el muro, para aprovechar que “en la noche de navidad la migra descansa”. Los devolvieron a Guatemala. Reiniciaron el camino en enero de 2019. En julio de ese año, yo ya había conseguido la visa para Estados Unidos. Alex me llamó desde un albergue en la Ciudad de México. Carlos había enloquecido, alucinaba que la policía lo perseguía y soñaba con su hija muerta. Su abogada me llamó para comentarme que el caso era imposible, que en su estado no le concederían asilo. Alex dijo que seguiría intentando cruzar.

Alex llegó al Otro lado en septiembre de 2019 y decidió no solicitar asilo. No es parte de los 102, 000 refugiados nicaragüenses que buscan protección internacional en 2020, según ACNUR[6]. Ante las estadísticas es invisible, pero existe. Cuando conversamos me da esperanza, me hace ver que más allá de las opresiones siguen la solidaridad y la resistencia latentes. Su esperanza y la memoria de Carlos y otros tantos exiliados demanda la organización colectiva y la defensa de derechos transnacionalmente. Solo con esos elementos, y dejando de creer que el nacionalismo metodológico o un superpoder extranjero nos van a salvar, podremos construir una Nicaragua que valide las historias de quienes se fueron y se quedaron, y en la que nadie tenga que migrar forzadamente.

[1] León-Portilla, M. (2002). Visión de Los Vencidos, Relaciones indígenas de la Conquista. (20a Ed.). México: UNAM.

[2] Álvarez, L. y Silva, J. (2019, 15 de abril). Organización Internacional para las Migraciones: No existe un acuerdo concreto para el retorno de los exiliados a Nicaragua. La Prensa. https://www.laprensa.com.ni/2019/04/15/politica/2542488-regimen-da-a-conocer-programa-de-retorno-de-nicaraguenses-exliados-no-consensuado-con-la-alianza-civica

[3] Lastra, M. (2016). Volver del exilio. Historia comparada de las políticas de recepción en las posdictaduras de la Argentina y Uruguay (1983-1989). La Plata : Universidad Nacional de La Plata.

[4] Alternativa Anticapitalista. (2020, 13 de agosto). Nicaragua: migrantes y el muro de contención Orteguista. Liga Internacional Socialista. https://lis-isl.org/2020/08/13/nicaragua-migrantes-y-el-muro-de-contencion-orteguista/

[5]Trump, D. (2020, 13 de marzo). Proclamation on Declaring a National Emergency Concerning the Novel Coronavirus Disease (COVID-19) Outbreak. The White House. https://www.whitehouse.gov/presidential-actions/proclamation-declaring-national-emergency-concerning-novel-coronavirus-disease-covid-19-outbreak/]

[6]ACNUR. (2020, 10 de marzo). Más de 100.000 personas forzadas a huir de Nicaragua tras dos años de crisis política y social. ACNUR. https://www.acnur.org/noticias/briefing/2020/3/5e67b6564/mas-de-100000-personas-forzadas-a-huir-de-nicaragua-tras-dos-anos-de-crisis.html#_ga=2.239273088.282700369.1599758729-878081263.1588568874]

 
 
 
 
 
 
 

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